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¿Cuándo llega el 5G?

Con la repercusión mediática que tuvo el MWC 2018, donde 5G fue uno de los temas dominantes, en los últimos días en Argentina esta pregunta se realizó insistentemente. Se pueden aventurar fechas: 2020 dicen algunos, 2022 otros, no sabe/no contesta la mayoría. Es que la llegada de 5G implica no sólo un formidable esfuerzo en materia de infraestructura, sino que también significará un cambio profundo de modelos de uso, tanto para la oferta como para la demanda de estos servicios.

Desde el punto de vista de infraestructura, las demandas no son menores. Y menos en un país con la extensión de Argentina (la 8° a nivel mundial), donde todavía ni el 3G ni el 4G llegaron a todos los rincones. Partiendo de lo más básico que es el espectro, todavía no hay definiciones. No sólo a nivel local, sino también internacional. Se sabe que harán falta frecuencias altas, pero es algo que no está aún armonizado, por lo que los países que están avanzando rápidamente en el tema están definiéndolas por su cuenta. Por ejemplo, EE.UU. ya está trabajando en 3.5, 24 y 28 GHz. Acá el tema es estudiado, aunque aún no hay definiciones. Y hasta tanto esto no ocurra, no habrá asignaciones (sin importar la metodología a utilizar).

Las frecuencias altas son las que permitirán los grandes anchos de banda que la 5G promete, hablándose de 1Gbps o más. Pero de nada sirve tener 1 Gbps en la radio (en el aire) si al llegar a la antena se produce un cuello de botella al ingresar a la red cableada. Por eso es importante, sino fundamental, una fuerte penetración y capilaridad de la fibra óptica, que hoy araña el 5% del total. Queda en claro que hay mucho camino por recorrer todavía en esta materia.

Pero más allá de la infraestructura, condición sine qua non, hay algo igual de importante, aunque mucho menos mencionado, y es la disponibilidad de nuevos dispositivos (no ya smartphones) y, fundamental, el surgimiento de nuevos modelos de uso de éstos. Lo que hay que entender es que en 5G no se trata tanto de usar smartphones a mayor velocidad sino principalmente de poder conectar un número de dispositivos exponencialmente mayor al de los smartphones actuales, cada uno con requerimientos particulares (ancho de banda, latencia, consumo energético, etc.). Básicamente, es la plataforma para la Internet de las cosas (IoT). Esta propiciará la multiplicación de sensores, maquinaria, electrodomésticos, vehículos de todo tipo (terrestres y de los otros), postes de alumbrado, tachos de basura y todo lo que uno imagine que se pueda conectar. Esto requiere también de ejercicios de creatividad para dar con nuevos modelos de uso y de su adopción por individuos, empresas y Estados.

No obstante, es importante destacar que por lo observado en el MWC 2018, la industria móvil ha comenzado a recorrer este camino, presentando prototipos de usos de la tecnología que permiten vislumbrar una verdadera revolución en los años por venir, tanto en el hogar como en la empresa y la ciudad. Algo que en ediciones anteriores no resultaba tan evidente. El ritmo entonces estará marcado por la capacidad de la demanda de aprehender el potencial de este nuevo escenario. Hasta que esto no ocurra, 5G será tema de conversación en la industria, quizás también en los medios, pero estará lejos de ser una realidad cotidiana.

Los contenidos, la próxima gran batalla

En materia de convergencia, mucho es lo que se habla de la regulación de la infraestructura: fibra, cable, satélite, compartición, etc. Pero con el ingreso de nuevos proveedores provenientes del mundo de las telecomunicaciones surge también otro tema, el de los contenidos, que tienen también una importancia clave a la hora de expandir la oferta del servicio y fomentar la competencia.

Las telcos están ahora frente a un problema que los pequeños operadores de TV paga ya conocen desde hace rato: la forma en que los dueños de los contenidos los ponen a su disposición. Y no se trata únicamente del fútbol, el contenido estrella, sino también de las señales de redes como Fox, HBO, Turner, AMC o Disney a los que recientemente se sumaron los canales de aire. Como se ve, se trata del grueso de la programación de la TV paga.

El problema con que se encuentra todo aquél que quiere iniciarse en la provisión de servicios de TV son los costos de la programación, que por la forma en que están establecidos generan fuertes distorsiones que hacen que el camino inicial sea empinado. Esto se debe a que los programadores hacen su oferta en base al modelo de mínimos garantizados. Este esquema implica un costo inicial fijo partiendo de una cantidad mínima de suscriptores, independientemente de que el operador los tenga o no. Este mínimo es un porcentaje del mercado (no del total de suscriptores del operador en cuestión) al cual se dirige un operador. Este porcentaje llega, en algunos casos, a alrededor del 20% según la red de señales. Es decir, en ciertos casos el operador debe garantizar el pago por el equivalente al 20% de los abonados del mercado objetivo. De esta forma, quien arranca desde cero, tendrá un costo en contenidos equivalente a un número que le llevará varios meses alcanzar, suponiendo una oferta exitosa. El problema ya fue evidente con los derechos de televisación del fútbol, donde sus propietarios exigieron pisos garantizados que hoy, a 9 meses de su inicio, muchos pequeños operadores en el Interior no alcanzaron. Es que, si bien ya eran operaciones en funcionamiento, el paso del FPT gratuito al pack de fútbol pago fue equivalente a arrancar desde cero.

En momentos en que el gobierno no se cansa de repetir que busca “nivelar la cancha” de cara a la convergencia, este punto que omite no es menor, ya que crea asimetrías entre los operadores establecidos y los entrantes. Los primeros, al tener importantes bases instaladas de clientes ya han superado el umbral del mínimo garantizado, pagan un costo de suscripción proporcional a los ingresos que éstos generan. No obstante, para los segundos, la barrera de entrada en términos de costos es elevada, significando un costo por suscriptor mayor hasta no alcanzar el umbral mencionado. De esta forma, en vez de fomentar la competencia, el mecanismo adoptado por los dueños de los contenidos la limita.

Quizás no podría aspirarse a un modelo netamente por suscripciones, ya que hay costos fijos para los dueños de los contenidos (contratos, entrega, supervisión, etc.). Pero sí podría buscarse que ese mínimo garantizado sea lo suficientemente bajo como para cubrir esos costos, pero no tan alto como para impedir o dificultar el ingreso de nuevos operadores. Se trata de un tema al cual debería prestarle atención el ENACOM, quien anteriormente, en situaciones similares, se ha mostrado propenso a dejar que haya acuerdos entre privados. Sin embargo, como esta decisión afecta a la competencia (al igual que sucede en temas de interconexión), no debería ser un simple plateísta.

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