¿El contenido es rey?

Recientemente, en una conversación con el dueño de uno de los principales medios del país, surgió un interesante intercambio respecto de los contenidos en el mundo moderno. Hay una duda que se expresa en la siguiente frase: “Content is King. Distribution is King Kong. A partir de allí, la conversación giró en torno de la pregunta: ¿qué es más relevante, tener contenidos o tener la distribución?”. La respuesta, obviamente, resultó ser “depende”.

La relevancia del contenido se evidencia en distintas movidas. En el foco de inversión de Netflix en desarrollar contenido propio y ser más que un mero agregador como lo fue en sus inicios. En el caso de Amazon que se apalanca sobre su fuerte marca y que planea invertir US$ 4.500 millones este año en producciones propias. En los planes de Disney para tener su plataforma OTT que le permita comercializar sus contenidos directamente y no sólo a través de terceros, y menos aún vía Netflix, con quien competirá. También están los esfuerzos de HBO y Fox para lograr que sus plataformas online cobren vida propia, algo que les está costando técnica y comercialmente. Y la lista sigue.

Por otro lado, tener la red de distribución es un activo estratégico, ya que la superposición de las mismas es costosa en su conjunto. Los costos deben amortizarse dentro de una cobertura geográfica acotada entre clientes que tienen una o más opciones. Así, quien tiene una red instalada corre con ventaja frente a cada nuevo jugador que quiere ingresar en su territorio. Algo que se hace más evidente en zonas de baja densidad poblacional.

En realidad, el reinado de los contenidos y de las redes de distribución depende de la escala del mercado. Es muy difícil que surja un Netflix que sólo atienda un país. Las escalas no dan aún en el caso de EE.UU., lo que obligó a Netflix a buscar los mercados del exterior que ya representan alrededor de la mitad de sus abonados. Estas diferencias se ven en los precios. Netflix puede cobrar un abono de menos de US$ 10, con un presupuesto anual de US$ 7.000 millones para producciones propias. En el caso local, el fútbol (contenido eminentemente local), cobra hoy casi US$ 17, pagando anualmente US$ 111 millones por el contenido principal (hay programación adicional, pero ésta no tendría mucho valor sin la transmisión de los partidos).

Esto no implica que a nivel local (distribución) los contenidos no pesen. Por el contrario. En un mundo donde la distribución de contenidos se da crecientemente sobre Internet, las redes juegan. Pero también es cierto que la conectividad tiende a la comoditización. Se contrata una determinada capacidad (en ancho de banda y a veces también en cuota de transferencia), y salvo diferencias notables de calidad técnica y/o comercial, lo mismo da una red que otra. Ahí, el contenido empieza a jugar como diferencial. Así lo ve Cablevisión, que con Flow busca darle un diferencial a su red. Al igual que Telefónica con su Movistar+, de la que se espera que lance algo similar en el país a partir de 2018. O Claro y su Claro Video que también recibirá un fuerte impulso cuando se habilite la convergencia. Pero en estos casos, las redes actúan como agregadores de contenidos, y cada una busca tener algunos que sean diferenciales, como lo ve Telefónica que cada año invierte más en producciones propias que podrá amortizar en su escala hispanoparlante.

En resumen, “Content is King” se aplica principalmente a escala global y puede marcar una diferencia si hay exclusividad a nivel local. “Distribution is King Kong” se aplica claramente a nivel local. Vivimos en una diarquía.

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