Entendiendo el 5G

Quienes siguen de cerca la actividad de la industria móvil saben que esta tecnología despierta sensaciones encontradas entre los operadores, que son quienes tienen la tarea de desplegar las redes. Por un lado, 5G da soporte a los usos que se vendrán en un futuro cercano, aumentando notablemente la cantidad y variedad de dispositivos conectados. Por el otro, quedan dudas respecto del modelo de negocio que justifique las importantes inversiones que hay que afrontar, al menos inicialmente.

La tecnología 5G propone un gran cambio respecto de las generaciones anteriores. Mientras éstas fueron concebidas principalmente para la comunicación de personas a través del teléfono primero y del smartphone después, 5G fue pensada para un escenario donde los que se conectan son objetos, el famoso IoT (Internet de las cosas). Acá no hay que pensar solamente en wearables, hogares o autos conectados. Se abre el panorama para muchísimas aplicaciones, tanto industriales (ej. medidores conectados) como aquellas que hacen a ciudades inteligentes (ej. sensores en tachos de basura) donde es más barato instalar dispositivos a batería conectados inalámbricamente que desplegando dos redes físicas, una de energía y otra de datos.

Esto no sólo trae nuevas exigencias en términos de disponibilidad, latencia o consumo energético. La exigencia en cuanto a la capacidad para la conexión simultánea de dispositivos se estima será en una década el equivalente a 10 veces la cantidad de dispositivos actuales, según distintas proyecciones internacionales. Y por más poco que sea el consumo de cada uno (aunque no será así en todos los casos), esto implica un enorme aumento en la capacidad general necesaria. Por supuesto, los celulares se podrán beneficiar con estas mayores capacidades, como en el caso de realidad virtual, realidad aumentada, videos de altísima definición y una dependencia mayor de la nube. Pero no serán estas aplicaciones las que justifiquen las inversiones que hay por delante. Que las hay y muchas.

Es obvio que habrá una inversión por el espectro, directa o indirectamente. Ya sea porque habrá subastas (como vino sucediendo hasta ahora en la mayoría de los mercados), ya porque habrá “concursos de belleza”, donde gana la propuesta de quien se compromete a un mayor despliegue en menor tiempo. En términos de infraestructura física el 5G exige no sólo una mayor densidad de antenas (de todo tipo, desde las tradicionales hasta small cells), sino también contar con una infraestructura de backhaul de alta capacidad (básicamente, fibra óptica) prácticamente ubicua.

Estas necesidades nos dan la pauta de que 5G no está a la vuelta de la esquina en Argentina. Todavía hay por delante un importante esfuerzo en el despliegue de 4G (al cual le quedan unos 4 años más), tecnología que posee algunas características que habilitan funcionalidades similares a las de 5G aunque con menos capacidad. Pero sin dudas que el gran desafío que tiene el regulador de aquí en más es incentivar el despliegue de fibra óptica, no ya como backbone (como hace con la REFEFO), sino como una red de alta capilaridad. Esta debería ser una de las prioridades de la agenda del gobierno para el sector de cara a los próximos años.

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